viernes, 17 de octubre de 2008

El fuerte de Balti y la Historia de la verruga (Pakistan 17-10-2008)

Había una vez una princesa, ni muy hermosa ni muy olorosa, que vivía a
orillas del río Hunza cuyas aguas lechosas bajan a toda velocidad hacia el
abrazo de espuma de su hermano el Gilgit, para unirse ambos más tarde al
gran río Indo.


A las tardes, acompañada de una cortesana mucho más hermosa que ella, solía pasear la princesa por las tumbas del cementerio de Balti. En el silencio de las sepulturas nadie importunaba a Sha-Khatun. Hasta que un día su padre, de quien heredó la verruga que afeaba su pómulo derecho, la hizo llamar con premura; tenía planes de boda para ella. Se casaría con el Emir de Hunza, Ayesho II. (Hunza es el hermoso valle donde se encuentra Balti). Abdula Khan, que a su vez había heredado la verruga de su padre, era el progenitor de la susodicha princesa y, para que disminuyese el malhumor que repentinamente le entró a la princesa en cuanto conoció a su pretendiente, ordenó construir para ella un palacio.

El fuerte se erigió en la parte más alta de Balti, desde donde se podía controlar el arroyo que bajaba del Pico Ultar de más de 7000 metros y que nutría al río Hunza.
Allí existía desde el siglo XIII una torre que fue utilizada como parte del fuerte. La princesa, animada con la idea, dirigió a un grupo de artesanos en la construcción. Aunque se casó con quien su padre ordenó, se pasaba las tardes en la torre del fuerte contemplando a su auténtico amor: el Rakaposhi.

Mucho más tarde, hacia el año 1900, el fuerte se utilizó como palacio real dándole la apariencia actual. Pero pronto cayó en desuso, cuando su último habitante, Nazim Khan (Emir de Hunza en 1.892 por orden y decreto de los ngleses) prefirió vivir en un pisito algo más modesto y dejó que el vandalismo ocupara las estancias y los rincones del palacio de Balti.
La fundación Aga Khan, recibió en donación del último Emir de Hunza (Ghazanfar Ali) el fuerte con miras a su restauración. En 1.996 se inauguró con la presencia del propio Aga Khan y el presidente entonces de Pakistan Farooq Leghari.

Balti es conocida hoy en día como Karimabad. Y el fuerte sigue presidiendo la vida diaria de unas gentes tranquilas y muy educadas. Siempre que se
dirigen a ti lo hacen anteponiendo el Sir. Herencia inglesa que no le sientan bien a mis sucias botas. Yes Sir, Of course Sir, Thank you Sir. En fin, y parafraseando a Shakespeare: sIr o no sIr.

Los canales que recorren las altas montañas, un gran trabajo de canteros, surten de agua todo el año a Karimabad, permitiendo que crezcan en abundancia manzanas, melocotones, maíz o nueces. Los melocotones son secados de modo poco higiénico en los techos de cemento de las casas. Se nota que no conocen el secador solar de mi amigo Manolo y que podeis ver aquí

Los estudiantes acuden al colegio ataviados con uniforme completo: pantalones, camisa y corbata. Herencia también inglesa. Y las chicas con un shari generalmente blanco y que las cubre por completo. Aunque parece que han salido tarde de casa y aún llevan puesta encima la sábana de arriba. Será que no quieren que se les vea la verruga. Poco a poco los comercios van abriendo. Sin prisa. Lo cual no es herencia inglesa. En el pueblo hay dos zapateros y el día que fui a precisar de sus servicios tuve la mala suerte de que los dos habían pasado mala noche y estaban cerrados a cal y canto. La única panadería del pueblo no mide más de dos metros cuadrados y su horno se encuentra bajo tierra, por lo que los panaderos trabajan sentados. Debe ser costumbre local, pues el sastre también trabaja sentado en frente de una mesa muy tan bajita que parece no existir bajo tanta tela.

Al atardecer en Karimabad se agudizan dos sentidos: el olfato y el oído.
El primero por las humaredas de hachís que los turistas consumen con asiduidad y que crece fácilmente en las laderas del fuerte. Y el segundo por la llamada a la oración, al ser la religión musulmana (ya sea en su variante sunni o chiita) muy extendida en todo el país.
Como no practico ninguna de esas aficiones, tras tres noches de descanso, abandoné Balti en busca de mi princesa SIN verruga.

Desde la ruta, día 1.429, Paz y Bien, el biciclown.

viernes, 10 de octubre de 2008

Borracho de montañas (China- 10-10-2008)

La arrogancia china ha quedado al otro lado del Kunjerab pass, a más de 4.700 metros. La mañana que cambié de país intenté por todos los medios que me dejaran pedalear hasta la cima. Pero ya se sabe la respuesta de los chinos: NO.

Conseguí tras mucho llorar que al menos no me cobrasen otros diez euros por la bici. Solo veintitrés por un trayecto hermoso que no lo es tanto en coche. Al menos me negué a que otro oficial chino viniese en el coche.

El jefe de policía, ante mi actitud un tanto provocativa, no sabía si reír o bajarme del vehículo. Haciendo uso de toda su memoria se acordó de que en su infancia llegó a emitir un sonido parecido a la risa y lo reprodujo tan bien como pudo.

Nada más cruzar el paso de montaña me bajé del vehículo, armé la bici y entré a Pakistán pedaleando. Aunque esto no es muy cierto por dos motivos. Uno porque era bajada y no tenía que dar pedal, y el otro porque la frontera pakistaní estaba a casi noventa kilómetros y no llegaría hasta un día más tarde. Es decir, pasaría un día en tierra de nadie, sin sello en mi pasaporte, huido de los ordenadores que todo lo saben.

No podía desaprovechar esa oportunidad única de bajar por el Kunjerab pass en otoño. Los árboles ofrecen todos sus amarillos y ocres burlando la vigilancia del viento que pretende desnudarlos, y que corre como un Fórmula Uno por el cañón de roca y vértigo. El río Kunjerab me ofrece sus aguas más limpias para rellenar mis botellas y el cielo, tan perfecto que no cabe una nube, pone fin a la locura desmedida de unas montañas que no paran de crecer estrellándose contra el azul infinito. Estoy en uno de las rutas más hermosas del mundo en pleno otoño. Cuando los árboles llenan los mercados de nueces y los campesinos se recogen a las seis de la tarde para tomar té alrededor del fuego.

En un país con más de treinta y dos lenguas, la comunicación no puede ser más fluida cuando la sonrisa vuelve a ser lenguaje universal. ¿Será casualidad que una vez más vuelva a recibir tanta generosidad en un país musulmán?

Si hay mejor hotel en el mundo que el que tengo ahora quisiera verlo. Con un río de aguas purísimas dándome de beber, unos árboles de colores imposibles protegiéndome de lobos y leopardos de nieve que habitan estas latitudes, y unas montañas de nieve que no hacen más que relantizar mi marcha para poder contemplarlas con calma. Solo algunas caderas de mujer han conseguido ese efecto, pero de eso hace ya tanto?

Las mujeres han desaparecido de nuevo de las tiendas y de los restaurantes. Solo hay hombres. Ataviados con sus largas camisas y sus gorros de lana llamados Topi. Desde que lo vi me encantó. Da calor, es ligero y se guarda en un puño. Hoy he conseguido un local al que cambiarle un gorro que traía desde Kyrgigistan. Todos contentos.

He parado un poco en Karimabad cuyo fuerte preside las alturas y vigila que las montañas de más de siete mil metros no sigan creciendo. Debo parar unos días a recuperar el aliento ante tanta belleza.

Y al respecto recuerdo una estrofa de esa canción, llamada La Belleza del gran Aute:

Reivindico el espejismo
De intentar ser uno mismo
Ese viaje hacia la nada
Que consiste en la certeza
De encontrar tu mirada

La Belleza abunda en la Karakorum High way: en sus altísimas montañas nevadas, en los valles en otoño y en la hospitalidad de sus habitantes.

Desde su corazón, día 1421, Paz y Bien, el biciclown.

lunes, 6 de octubre de 2008

Dejad que los chinos se alejen de mi (China, 06-10-2008)


Qué malos recuerdos. Cuando he llegado a Tashkourgan (la lejana frontera, pero frontera, entre Pakistán y China) han resucitado en mi memoria las imágenes de la noche que llegué a la frontera entre Irán y Turkmenistán.

Hoy, como aquél día, la bici se rompió. Aunque esta vez ha ocurrido de día y he podido repararlo fácilmente. Aunque hoy como aquel día he deambulado por las oscuras avenidas de la ciudad sin acertar a encontrar un lugar donde dormir. Aunque tras tres horas he conseguido una cama de un dormitorio en donde estoy escribiendo en el ordenador y recapitulando cómo han sido los excitantes días desde Kashgar hasta aquí. No he podido contarlo antes por Internet porque de haber durado mucho más mi conexión es posible que debiera continuar el viaje a pie. El Internet de Tashkourgan estaba oculto (sin un solo cartel que lo anunciara) en un asqueroso segundo piso de un cochambroso edificio. Le pedi al chico de la tienda de al lado que le echara un vistazo a la bici y, cuando he bajado a ver si estaba todo en orden, la tienda había cerrado y por supuesto el chico se había ido. Es normal en este país el absoluto desinterés por ayudar. Preguntar algo y no obtener respuesta es lo más normal. Ni en el África más negra encontré tanta desgana. Los chinos, al menos estos que he conocido, viven en su mundo y en absoluto les interesa el tuyo. Pero hay otros chinos. Los que hacen turismo por esta parte de la china, ataviados con sus potentes cámaras y sus obscenos objetivos. No les basta que les digas que NO, cuando pretenden hacerte una foto en medio de una subida de cuatro mil metros de altura. Además quieren una explicación. Y la desean en chino pues el inglés no lo practican.
Pero yo vengo de las montañas, donde el cielo es tan azul que las nubes se convierten en nieve para no dar la nota. Las altísimas cumbres nevadas relucen aun más sobre el fondo más azul que el mar, emergiendo del valle. Son ellas, las montañas, el único cultivo de la zona donde nada más puede germinar.
Los turistas, encerrados en sus jaulas de cuatro ruedas, contemplan esta maravilla a través de un cristal. Aunque muchos duermen. Afuera hace demasiado frío para bajar la ventanilla. Los más intrépidos tratan de tomar fotos desde el asiento sin despertar a su compañero que parece que no ha dormido en siete noches. Pero esas fotos son inútiles para recordar la inmensa belleza que aguarda detrás del sucio cristal del coche. Es como beber zumo de naranja recién exprimido con una paja rota.
Afortunadamente las montañas no mienten. Regalan su belleza sólo a quién dedica largo tiempo a observarlas (no basta con fotografiarlas). Son un tesoro aparentemente visible pero que permanece oculto a las lentes japonesas tan caras. El frío y la altitud son sus guardianes. Y el tiempo su inseparable aliado. Los turistas tienen frío, padecen mal de altura por haber subido tan rápido y carecen de tiempo pues deben ir a fotografiar otros paisajes.
El silencio retumba en las paredes de roca y nieve. No hay postes de electricidad, ni anuncios sobre móviles y no hay más música que el latir del corazón a cuatro mil metros de altura. Ni siquiera los aviones más potentes sobrevuelan estas cumbres.
Observarlas es un ejercicio de humildad, de resignación, de impotencia. Ni escalándolas se poseen jamás.
He cambiado de país y bastantes cosas han evolucionado. Los policías pakistaníes son una de ellas. En vez de proceder como sus colegas chinos que antes de darte los buenos días ya te han pedido el pasaporte, y en vez de decir a todo que NO (por norma), los oficiales pakistaníes, que cobran 120 dólares al mes te sonríen, no quieren ver tu foto en el pasaporte, te invitan a te y antes de que hayas preguntado si puedes dormir en el puesto fronterizo ya ellos te lo han ofrecido. Aunque lamentablemente los niños te piden Uanpen (un Boli), como ocurría en Marruecos. No son culpables. Los estúpidos turistas que durante años han pasado por aquí tirando bolis desde el coche tienen algo que ve.
Desde el valle de Hunza, sin bajar aún de los dos mil metros desde hace más de diez días, Paz y Bien, el biciclown.

viernes, 3 de octubre de 2008

Ovejas eléctricas (China, 03-10-2008)


A la entrada del gran mercado de animales la policía monta guardia. Cualquiera que pretenda acceder con ovejitas, vacas o dromedarios, debe pagar la tasa animal. Algunos se llevan recibo puesto y otros se llevan la mano al bolsillo en busca de una cantidad menor de la oficial que no requiera recibo. Hecha la ley hecha la trampa, y muchos vendedores se dedican a negociar doscientos metros antes del lugar acondicionado para tal fin.

Las negociaciones son duras y cada uno (vendedor y comprador) juegan su papel. Los compradores abren la boca del animal, le tocan el culo para ver la cantidad de grasa y, si es un toro, lo excitan para comprobar si va a ser suficiente amoroso. El vendedor alaba las cualidades del animal, el dinero gastado ese año en alimentarlo, las vacunas?, y espera que alguien cubra su oferta. A veces el corro es tan grande que los interesados se van a un lado y, al oído, como si se declarasen un amor muy antiguo, tratan de ajustar el precio. Por un dromedario piden casi mil dólares. Un poco caro para mi.

Fuera del mercado de animales, aunque es aún Ramadam, hay algunos puestos de comida, pero sobre todo herreros, zapateros, y chatarreros.
No lejos de allí, próximo a la ciudad vieja, se encuentra el Gran Bazar. Abierto todos los días pero que el domingo duplica sus puestos. A parte de ropa para la casa, para los niños, y todo lo inimaginable, abundan los puestos de frutos secos. Nueces del tamaño de manzanas y sobre todo dátiles, uvas pasas y almendras. Al foráneo acostumbran a pedirle tres veces el precio normal, pero con un poco de paciencia y un mucho de habilidad se consigue comprar al precio local.

Por las estrechas, pero asfaltadas, calles del mercado circulan también ladrones que tratan de aligerar peso del bolsillo del turista. También hay personas que pasean a enfermos para solicitar limosna o vendedores de remedios a base de serpiente. Un circo sin intermedio donde los artistas son locales y que los turistas tratan de llevarse en sus cámaras olvidándose de captarlo primero con el corazón.

El tráfico es caótico a las afueras del gran recinto, pero Kashgar es una ciudad moderna. Los semáforos tienen cuenta atrás, los supermercados parecen ciudades subterráneas con dependientes que reponen la mercancía al instante de ser retirada de la estantería. Abundan las motos eléctricas, que te adelantan sin el conveniente aviso del motor, y comparten carril con burros y muchas bicicletas también eléctricas. Tal vez un día, en el gran mercado dominical de animales de Kashgar, las ovejas, las vacas y los dromedarios funcionen también a pilas.

En el económico hotel donde me alojo estos días (tres euros la noche) me he encontrado con varios ciclistas. Alemanes, belgas, australianas, ingleses?, todos nos juntamos al anochecer y planeamos el ataque a la ciudad. El objetivo es buscar comida barata con la que saciar nuestro insaciable apetito. Durante el día ajustamos las bicis, lavamos la ropa y, la mayoría, acudimos a Internet con la esperanza de encontrar respuesta a nuestros mails de ayuda para esos repuestos que nunca serán suficientes pero que, sin ellos, el viaje nunca podría continuar. Espero conseguir los míos en Islamabad y poner fin a un año de dificultades.

Por otro lado, anticipo, que lanzaré la Tercera Edición de Kilómetros de Sonrisas (tal vez también el dvd agotado hace mucho) y publicaré el demandado Libro de Fotografías de África. Será allá por navidad, cuando la India destroce mi estómago con sus comidas picantes, y refuerce mi sonrisa con su hospitalidad.

Desde la ruta, día 1415, Paz y Bien, el biciclown.

sábado, 27 de septiembre de 2008

La China menos China (27-09-2008)


Hasta cuatro funcionarios, con guantes blancos, manosearon mi pasaporte. Todos eran comparsas, extras de la verdadera protagonista. Una dama muy poco atractiva, parapetada tras unas poco estéticas gafas, agazapada en su mostrador y con la lección bien aprendida en su curso sobre Pasaportes defectuosos. Las dos grapas que le coloqué al pasaporte en Iran, tras la rotura por las autoridades azeries no le gustaron nada a la poco sexy dama.

Aunque aún no hablo nada de chino, pude entender que la exclamación ?oju? expresada por la señorita no era nada bueno. Me hicieron pasar a una sala en la que me dieron un vaso de agua caliente y, sin haber comido en todo el día, traté de convencer al jefe de la poco agraciada dama de que las dos grapas son una tradición en los pasaportes españoles. Y coló. Una hora después de haber empezado los trámites en la aduana China aún no había llegado lo peor. Abrir las alforjas. El encargado de productos alimenticios en regla me tiró la leche en polvo. Había escuchado en las noticias que en China han muerto muchas personas (y más que seguro no dan a conocer) por haber consumido leche en polvo adulterada con melanina. Para asegurarse de que yo voy a ser uno de ellos arrojaron mi leche en polvo (rusa y de fácil disolución) en una papelera. Así debía comprar leche en polvo china. Que mala leche.
Pero no todo es malo en China. El asfalto es de buena calidad. Tras la paliza en Kyrgigistan aún no me creo que ruede sin saltar en el sillín cada metro, y que pueda levantar la vista de las piedras. La pobre Kogadonga ha aguantado como ha podido. Algun radio más roto, algún gancho partido, algún pegamento extrafuerte que no lo es tanto y, en fin, nada para lo que esa ruta ha supuesto. Dormir a menos diez bajo cero, con solo un litro y medio de agua, ver camiones tirados en la pista, tragarme el polvo de los que circulan y comer poco ha sido la tónica estos días. Nunca he visto una carretera tan mala con tanto tráfico. Ni aunque me pagaran una fortuna conduciría un camión por esas pistas. Pero el dinero lo puede todo.
Para ser justos con Kyrgigistan he de decir que todas las veces que he preguntado en los pueblos por la panadería acababan dándome pan casero e invitándome a te. Cuando llegué al primer pueblo Chino hice la prueba. Al pedir agua los policias me indicaron agitando las porras en el aire que me fuera. Se acabaron las olimpiadas y se esfumó la sonrisa china.
He llegado a Kasghar. Pocos kilómetros antes de llegar me detuve en un canal a afeitarme. Había que estar presentable para la entrada. Nunca se sabe a quien podía uno encontrarse. Llegar a esta ciudad moderna, con sus aceras y sus semáforos, con gente circulando en bici, con tiendas en las que los productos están marcados, con edificios de ladrillos y no de adobe, ha sido un triunfo de miles de kilómetros. La mayoría cuesta arriba.
Ahora toca lo de siempre: lavar la ropa, mimar a la bici un poco, actualizar la web, gestionar repuestos, y averiguar algo de la ruta hasta Pakistán. No hay descanso para el guerrero ni en la China menos comunista.
Desde Kashgar, día 1.408, Paz y Bien el biciclown.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Luna llena para una vida normal (Kyrgigistan)


No ha habido piedra, en la ruta desde Naryn hasta Jalal-Abad, que no hayan pisado mis neumáticos, que no me haya zarandeado en mi sillín, que no me haya hecho apretar los dientes y aferrarme con fuerza al manillar de mi querida Kogadonga. Que por cierto se ha comportado como una reina. Solo un pinchazo, como no, provocado por una botella rota. Los kyrguisas no saben ir al campo a tomar vodka y volver a casa con el envase. No. Lo tienen que tirar al suelo.

¿Y si el gobierno de este país cobrase una tasa de 2 som ( un euro 50 som) por cada envase? A lo mejor de esa forma la gente regresaría a casa con la botella. Y con el dinero obtenido el gobierno podría, por ejemplo, mejorar las carreteras o limpiarlas al menos de botellas de vodka y cerveza. Pero no es posible. Este gobierno carece de esa imaginación. Antes bien se dedica a machacar al turista con precios que provocan la huida. Para visitar un bonito parque de montaña, con su río y sus botellas, me pedían 200 soms. A mi acompañante local solamente 6.
Mi camino avanzaba hacia el sur, hacia la frontera con China que no iba a cruzar. El Torugat pass. Pues mi intención era otra. Era solamente visitar un caravanserai construido en piedra hace más de cinco siglos y que aún sigue en pie, desafiando a los historiadores que no logran encontrar una explicación de cómo, a más de tres mil metros de altura, el ser humano ha hecho una construcción tan perfecta solo destinada a acoger al viajero que, como Marco Polo, subía hasta estas nevadas cumbres para cruzar hacia China.
Ahora hasta Tash Rabat suben algunos turistas en coche para pasar alguna noche en las yurtas. Zoia y Yuri viven aquí arriba cinco meses, de Mayo a Septiembre. Cuidan del campamento, preparan comidas, y hasta una sauna. Me invitaron a pasar con ellos una noche. Cuando Yuri me dijo que me preparara para ir a la sauna pensé que bromeaba. Afuera había cero grados y comenzaba a llover o a nevar. Pero era cierto. Tanto como que después de la sauna me invitó a meterme en el río. La luna, que poco a poco iba engordando, ya aparecía por algunos peñascos y no invitaba al baño. Pero tras el calor de la sauna resultó refrescante. Y de nuevo vuelta a la sauna. Luego calentar la yurta con boñiga de yak y a dormir.
Fue la única noche en yurta desde que abandoné Naryn. El resto las he pasado en mi tienda: un palacio para mi. Observando como la luna iba creciendo y creciendo. Durmiendo casi todos los días a más de dos mil quinientos metros de altura y superando valles desiertos. En un día contabilicé dos coches.
Un error de presupuesto me ha hecho pasar los últimos días con un euro para comida. Ayer mismo me había quedado ya sin nada que echarle al arroz. El vecino apareció con unas nueces y unas patatas que sirvieron de complemento ideal. Durante muchos días mi único alimento era yogur que los pastores, generalmente mujeres, nunca me han negado.
Tengo ganas de abandonar este pais, para que nos vamos a engañar. He sido bien tratado pero también muchas veces humillado por conductores que no saben lo que es empujar una bici a más de tres mil metros de altura con fuerte viento en contra y asqueado de ver como ensucian su propio país. La mayoría de ellos se dicen musulmanes, yo les digo musulvodka, y no dudan en despertarte si te ven durmiendo bajo un árbol para tan sólo preguntarte de donde vienes. Sin embargo es el país donde he visto más ciclistas. Ahora viajo en compañía de un inglés que, con unos insultantes 22 años, se ha lanzado a recorrer el mundo por un tiempecito. Según él luego volverá a la civilización, se casará y tendrá hijos.
¿Y tú - me pregunta- cuando vas a llevar una vida normal?
Para mi esto es una vida normal. Creo que es más difícil casarse y tener hijos que dar la vuelta al mundo en bici- le respondo.
Math se ríe sin entenderme, pues aún le faltan unos años para descubrirlo por si mismo.
Desde Jalal Abad, día 1.400 menos uno, Paz y Bien, el biciclown.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Desde mi yurta (Kyrgigistan)

El último día del mes de agosto era el dia Nacional de Kyrgyzstan y con tal motivo numerosos actos estaban previstos. Pero días antes un avión que cubría la ruta Bishkek- Teheran se estrelló y el país está de luto. Aunque en los parques de la ciudad la fiesta no paró. Atracciones de feria sencillas servían de entretenimiento a las familias locales. Además el circo abrió sus puertas en una sesión gratuita y allí pude ver a algunos de los artistas que habían venido a presenciar mi espectáculo.

Emociona ver que un edificio entero se consagra al arte del Circo. Lejos de las carpas estacionarias, el edificio del circo en Bishkek tiene salas de entrenamientos y hasta caballerizas. El número de los caballos era sin duda el más impresionante, con jinetes cabalgando a velocidad de vértigo dentro del pequeño círculo de la pista: sentados del revés, de pie y hasta pasando por debajo del animal sin que este se detuviese.
No en vano los kirgisas son desde muy antiguo afamados jinetes. Mucho mejor que conductores. Éstos últimos piensan que las lineas blancas de la ruta son adornos que el gobierno ha pintado con motivo del día nacional.
El uno de septiembre volvía a la ruta. Acompañado por unos días por Andie, el austríaco con el que vengo pedaleando desde Tashkent. Pero pronto nuestro dispar ritmo nos distanció. Mis quince kilos de peso de más, sumados a mis once años de ventaja sobre él, provocan diferentes maneras de viajar. Kyrgyzstan no perdona una cana de más. Tal vez nos encontremos en el camino y brindemos con alguna cerveza por las cumbres de Kirguizistán. Sus pasos de montaña de más de tres mil metros me recuerdan mi edad y me obligan a empujar a kogadonga por las nevadas laderas. La noche es muy fría. Con valores negativos y tormentas de agua que se desatan en un abrir y cerrar de alforjas. Una helada mañana compruebo que dos de ellas están rajadas y paso las horas reparándolas y aguardando a que el pegamento haga su función. Si hay algo importante últimamente en mis alforjas son los repuestos, parches y demás utilería.
He llegado a los tres mil quinientos metros. Un paso de montaña que tiene las puertas abiertas solamente en verano. Esconde un tesoro que bien vale la pena los días de esfuerzo sobre la bici: el lago Song Kol. Claro es que se puede subir aquí en un cuatro por cuatro. Pero se contamina más y se disfruta menos. El placer tiene siempre su factura escondida. Song Kol es un lago a tres mil metros de altura, rodeado por interminables praderas salpicadas por yaks, vacas, caballos y ovejas. A lo lejos se divisan diminutos puntos blancos. Son las yurtas. La casa nómada por excelencia. Se montan en una hora y dentro la nieve y el viento no tienen cabida. Curiosamente son de forma circular al igual que la carpa de un circo Generalmente a la derecha de la puerta según se entra se halla la cocina. Alimentada por boñiga seca de yak. En el otro lado la montura del caballo. Al fondo los colchones y mantas. Cuando mayor sea la pila de éstos mayor será la riqueza de la familia. Mi tienda se monta en menos de cinco minutos, y es un refugio seguro contra el viento y la lluvia. En ella he pasado muchas horas: escribiendo el diario, estos reportajes, reparando el material, cocinando, y mirando el mapa para descubrir el camino a seguir. Cualquier camino que no sea circular me sirve. Si el material me respeta y el tiempo deja de jugar al gato y al ratón con mis prendas de invierno, me acercaré a la frontera china. En concreto al famoso Torugart pass Cerca existe una construcción del siglo quince muy especial. Es un caravanserai, una de esas posadas y fondas utilizadas, mucho antes de que a Marco Polo le salieran los primeros dientes, por los viajeros que seguían la ruta de la seda.
Más sin salir aún de Kyrgigistan, mi camino hacia Osh es largo y empinado. Pedregoso, nevado, y por momentos luminoso. Como cuando un halcón levanta el vuelo a escasos metros o cuando al sol le da por encender los colores de la montaña y un lago refleja las nevadas cumbres.
Desde mi yurta o desde mi carpa, con la nieve estrellándose inútilmente contra las pieles que recubren la estructura de madera, y la estufa haciendo confortable la estancia en este inhóspito y embrujador lago, Paz y Bien, el biciclown.